29 de abril de 2010
5 de febrero de 2010
Hacia la mística y el proyecto

Ahora dicen que el kirchnerismo es un proyecto sin imagen, en realidad sin imagen positiva o no negativa. Unos días antes, Natanson saca pecho y pide "atención (a los) intelectuales que se quejan de que al gobierno le falta un relato", porque en realidad los gobiernos de NK y CFK lograron instalar antinomias sobre las que apoyar sus principales líneas económicas, "neoliberalismo-antineoliberalismo", y políticas, "dictadura-derechos humanos". Si de trata de explicar, o mejor, de entender la paradoja de una expresión política con bases aparentemente firmes y una endeble verbalización de sus construcciones, habría que comenzar por dudar de ambas afirmaciones.
Sobre los fundamentos del proyecto kirchnerista, la única verdad puede ser una que escape a la mirada somera de la realidad, en la que el gobierno parecería una de las alternativas binarias expresadas en aquellas categorías antinómicas. Sin embargo, sería la heterodoxia el concepto adecuado para definir una conducción mucho más moderada de lo que parece: así como no existe "Argenzuela", tampoco existe Argenchile, esto es, ni siquiera se susurra que el destino sea el socialismo de ningún siglo, pero tampoco se abraza resignado una alternancia como la que permitió la Concertación.
Moderado y todo, este es un gobierno nacional y popular. Lo es, simplemente, porque cumple los requisitos para serlo. Así, defiende correctamente la economía de las asimetrías internacionales, sea en la quita de deuda, sea en disputas con Brasil, al mismo tiempo que fortalece la integración regional, que sin ella es imposible pensar en progreso; además, transfiere recursos de la producción primaria a la industrial, aun en oposición a una elite subdesarrollada y tradicionalmente rapaz, que hizo tambalear la gobernabilidad hace casi dos años; mientras tanto, protege el empleo y en los últimos meses agregó la novedad de complementarlo con la asistencia a la niñez.
Nacional y popular y todo, el proyecto de los Kirchner no cuenta con el favor de la consideración general, como lo demostraron las elecciones del 28 de junio pasado y como se encarga de insistir la prensa comercial a cada minuto. Si los medios van ganando la batalla subjetiva aliados con los sectores históricamente poderosos, por ende al gobierno sólo le quedarían "los números, la gestión y los hechos puros y duros", desde los que edificar una mística que trascienda los errores varios que se cometen a la hora de intentar mejorar la imagen.
En estas condiciones de desventaja numérica, aparece como imposible sacar provecho del concepto de imagen aplicado a la política, como una técnica racional en pos de influir la sensibilidad del votante. El gobierno juega simultáneas en los tableros de otros que, además, son también los dueños de las piezas y los que ponen las reglas. Si se quiere mística, hay que renunciar a la imagen.
Todas las victorias del kirchnerismo no fueron suficientes para que el gobierno popular consiga tener bien dispuestos los oídos y el cariño populares. Olvidarse de las estrategias comunicativas y avanzar, con todas las herramientas disponibles, hacia la reivindicación de las mayorías del país puede significar no sólo el acto genuino de justicia social pendiente, sino también la supervivencia del proyecto.
Sobre los fundamentos del proyecto kirchnerista, la única verdad puede ser una que escape a la mirada somera de la realidad, en la que el gobierno parecería una de las alternativas binarias expresadas en aquellas categorías antinómicas. Sin embargo, sería la heterodoxia el concepto adecuado para definir una conducción mucho más moderada de lo que parece: así como no existe "Argenzuela", tampoco existe Argenchile, esto es, ni siquiera se susurra que el destino sea el socialismo de ningún siglo, pero tampoco se abraza resignado una alternancia como la que permitió la Concertación.
Moderado y todo, este es un gobierno nacional y popular. Lo es, simplemente, porque cumple los requisitos para serlo. Así, defiende correctamente la economía de las asimetrías internacionales, sea en la quita de deuda, sea en disputas con Brasil, al mismo tiempo que fortalece la integración regional, que sin ella es imposible pensar en progreso; además, transfiere recursos de la producción primaria a la industrial, aun en oposición a una elite subdesarrollada y tradicionalmente rapaz, que hizo tambalear la gobernabilidad hace casi dos años; mientras tanto, protege el empleo y en los últimos meses agregó la novedad de complementarlo con la asistencia a la niñez.
Nacional y popular y todo, el proyecto de los Kirchner no cuenta con el favor de la consideración general, como lo demostraron las elecciones del 28 de junio pasado y como se encarga de insistir la prensa comercial a cada minuto. Si los medios van ganando la batalla subjetiva aliados con los sectores históricamente poderosos, por ende al gobierno sólo le quedarían "los números, la gestión y los hechos puros y duros", desde los que edificar una mística que trascienda los errores varios que se cometen a la hora de intentar mejorar la imagen.
En estas condiciones de desventaja numérica, aparece como imposible sacar provecho del concepto de imagen aplicado a la política, como una técnica racional en pos de influir la sensibilidad del votante. El gobierno juega simultáneas en los tableros de otros que, además, son también los dueños de las piezas y los que ponen las reglas. Si se quiere mística, hay que renunciar a la imagen.
Todas las victorias del kirchnerismo no fueron suficientes para que el gobierno popular consiga tener bien dispuestos los oídos y el cariño populares. Olvidarse de las estrategias comunicativas y avanzar, con todas las herramientas disponibles, hacia la reivindicación de las mayorías del país puede significar no sólo el acto genuino de justicia social pendiente, sino también la supervivencia del proyecto.
22 de octubre de 2009
Mal escrito
Hace unos meses, escuché a Lanata decir que Horacio González escribía "mala prosa". Es una descalificación clásica, frecuente tanto en críticos literarios como en foristas de lo más desparejos.
"Fulano escribe mal".
Como los agravios racistas, define más a quien lo propala que al aludido.
Justo sobre el lenguaje y su cuidado, escribe hoy González.
"Fulano escribe mal".
Como los agravios racistas, define más a quien lo propala que al aludido.
Justo sobre el lenguaje y su cuidado, escribe hoy González.
2 de julio de 2009
La Nación sobre Honduras
Gracias a la Tribuna de Doctrina, podemos enterarnos de que:
1) El primer beneficiado por el golpe es el presidente derrocado:
2) Los golpistas son más inofensivos que un boy scout:

y 3) Se puede estar a favor de la paz, la democracia y de un golpe de estado que derrocó violentamente a un presidente elegido en las urnas:
1) El primer beneficiado por el golpe es el presidente derrocado:
2) Los golpistas son más inofensivos que un boy scout:
y 3) Se puede estar a favor de la paz, la democracia y de un golpe de estado que derrocó violentamente a un presidente elegido en las urnas:
29 de junio de 2009
Juventudes PRO

Anoche, al igual que cuando la victoria de Macri en la elección para jefe de Gobierno en 2007, algo impresionaba de la celebración en el búnker triunfador. En esta oportunidad, al menos, no habrá segunda vuelta, doble festejo. Frente al espanto de ratificar que la más astuta de las derechas nacionales capturaba otra vez la preferencia de los votantes de la ciudad de Buenos Aires, entre la marea de luces amarillas y la música cual cumpleaños de quince, ante la rabia por la reivindicación del linaje garca de los Pinedo y la sonrisa desapasionada de empleado fiel pa' lo que guste mandar de Rodríguez Larreta, había algo que se destacaba por sórdido, por desesperanzador, y eran las juventudes del PRO.
Uniformados, voluntariosos como todo militante, se los veía revolear las remeras. Así corresponde. Ganaron, la victoria les pertenece en su participación activa, tanto como en la identificación con el partido, en la que semejan una hinchada de fútbol que toma el lugar de su equipo: "somos campeones". Mucho deben haberle dado a sus candidatos, decenas de horas, kilómetros de caminata por lugares que probablemente juzgaron peligrosos, barrios precarios a los que no estaban acostumbrados. Poco y nada esperaban a cambio, que Gabriela confirmara su esperado primer puesto, que Francisco esta vez lograra la hazaña; si todo salía bien sólo querrían estar dentro de la fiesta y bailar, saltar, cantar, tal vez conseguir una buena foto con el teléfono para subir a Facebook.
Una vez confirmada la noticia de que se le había arrancado la provincia al peronismo, se los veía hacer la arenga mientras el equipo en pleno ocupaba el escenario sonriente, satisfecho. Jóvenes que vivaban a millonarios, como sucede en la mayoría de los grandes conciertos de rock, sólo que en este caso los únicos que llenan con "artista" el rubro de su ocupación son los imitadores de la troupe de Tinelli ("¡los sacan igual!").
¿Quiénes son estos jóvenes, los que sostienen la algarabía de los festejos de una nueva fuerza política, cimentada en la exitosa imagen de un heredero de la patria contratista y ahora reforzada por otro que echó a su propio hermano de la empresa familiar? Sus líderes machacan con la desideologización de la política, narcotizada por la fantasía de la gestión efectiva y ellos deben creerles, se supone. Jóvenes sin ideología, es decir sin sueños, probablemente sólo con principios que sus referentes, lo sabrán tarde o temprano, no honrarán jamás.
¿Se sentirán militantes o se sentirán empleados eficaces? La parafernalia del PRO es la de una gran empresa, moderna, en la que los eufemismos reemplazan las categorías que las atraviesan, casi infantilmente, como cuando llaman a sus adversarios de turno representantes de "la mala política". La fuerza de la juventud radica en su ardoroso deseo de dejar de ser niñez, sin embargo los jóvenes de amarillo a sus rivales les dicen: ustedes son "malos".
Sus candidatos no los cautivaron con oratorias encendidas, no apelaron a sus pasiones, no tocaron ninguna cuerda romántica. Apenas pueden, Mauricio, Francisco, Gabriela, balbucear dos oraciones seguidas, guturantes y arrastrando las eses, hiperguionados en cada aparición pública. No hay romance posible en esas ideas, en la ideología de la desideología, no hay una conexión con nada que no sea la identificación con esos ejemplos del éxito individual. Tan sólo, entonces, el convencimiento de que "nosotros somos los buenos", porque no robamos, porque estamos bien alimentados, bien vestidos, bien educados, porque no necesitamos de la escuela pública, ni del hospital, ni jamás iremos a un acto como las hordas de pobres a las que los malos políticos llevan de acá para allá tras el humo de un chori. Nosotros dejaremos a los pobres pobres de una vez en sus barrios, donde pertenecen, mientras los mejores de los buenos manejamos el país.
Sin dudas, el secreto mejor guardado del PRO es el método de cooptación de sus militantes (a los que, filas adentro, deben llamar de algún modo más acorde a la buena política que el cronista desconoce), la forma en que consiguen el empuje desinteresado de un grupo de jóvenes sin apelar jamás a rebelarse contra la injusticia, la desigualdad -o sea, la pobreza, el hambre- y sin tampoco promoverla abiertamente, como sí hacen los neofascistas, muy atractivos para otras juventudes mentalmente débiles.
Reclutados en la perezosa academia privada y atraídos, tal vez, por la amenaza periodística de la "inseguridad", por la permanente asociación sospechosa entre Estado y corrupción, por una idea de lo público como servicio, de los derechos sociales empatados con los del consumidor y de los derechos humanos sólo-para-los-delincuentes, al abrazar las causas que les dicta la tele adoptan la conducta de un anciano, cuyo discurso es el del noticiero y su voz la del conductor.
Así, niños o viejos, los militantes veintiañeros del PRO renuncian al romanticismo, al calor que sólo una injusticia puede encender en el espíritu. Renuncian a ser jóvenes.
30 de abril de 2009
2001, la K no es de Kubrick

2001, mayo, "Carrió no es el enemigo", me dijo una compañera mientras discutíamos el agitado devenir del panorama político nacional por esos días. 2001 es además el nombre del bar en el que estábamos esa tarde y donde solíamos juntarnos para preparar algún trabajo en grupo. 2001 de Lavalle, en esa esquina está el bar, a eso viene el nombre. "2001", dijo Néstor Kirchner más de siete años después, para describir el escenario que traería aparejado una derrota oficial en las legislativas de junio. 2001, 2009, similitudes y diferencias.
Como 1945, 1955, 1976 y 1983, "el 2001" pasó a la historia nacional gracias a un suceso extraordinario en la vida de las instituciones -en este caso la renuncia presidencial en mitad del mandato-, pero a su vez se instaló en el discurso como un conjunto de los más diversos significados, gracias a la violencia de la crisis neoliberal.
El comentario de mi amiga que abre este post captura un aspecto de aquél momento, la agresión del poder económico era brutal y caía sobre un sector cada vez mayor de la población, lo que provocaba en todos los que interpelaban la realidad con mirada crítica la primera de las medidas defensivas, identificar al enemigo. Y esto estaba bastante claro para bastante gente, el enemigo era el FMI, eran los bancos, los empresarios transnacionales, las privatizadas y, claro, la dirigencia política. Crucifijo y todo, a aquélla militante marxista todavía no le parecía que la mediática legisladora chaqueña fuera el enemigo, y pienso que tenía razón.
Sin embargo, la izquierda vernácula haría también otras interpretaciones, predictivamente ineficaces. Tras las manifestaciones urbanas y la represión asesina del 19 y 20 de diciembre, creyó adivinar en Argentina un clima prerrevolucionario. Supuso que las asambleas barriales porteñas podían configurar alguna alternativa sistémica, que la clase media compartiría por mucho tiempo la lucha y la metodología con los piqueteros, además de otros sofismas acuñados al calor de las gomas quemadas y de un diciembre con menos splits y más saqueos que los posteriores.
El mismo desconcierto operaba en los medios, arrastrada su base ideológica bajo los pies de millares de manifestantes de los sectores medios que, por primera vez en 25 años, a consecuencia de la confiscación de los depósitos, se volvían contra el poder financiero y los políticos que habían afianzado su preeminencia en desmedro del empleo y la industrialización. Los reclamos de intervención a un Estado quebrado y escuálido estaban a la orden del día, borraban a cacerolazos la biblia liberal que descansaría algunos años en los archivos periodísticos.
Escaseaban entonces los grises que hoy se reclaman al gobierno desde todos los puntos del arco opositor. Lo que en aquellos días (claro que urgentes) se exigía era cualquier cosa menos moderación, el subrepticio acceso a la conciencia de las masas en asamblea era, en realidad, la ideologización necesaria para dividir lo blanco de lo negro.
De eso se tratan los principios ideológicos, de trazar una línea que separe lo tolerable de lo inaceptable, sin falsa moral, pretensiones de honestidad o dogmatismos, pero sin escapar de que la política es conflicto y que en un conflicto es imposible defender los intereses de todas las partes, lo único sincero es elegir una y avisar cuál. Sin grises.
Hoy los medios tienen los mismos intereses que entonces, pero gozan del apoyo de la clase media urbana ideologizada en la negación de los conflictos mientras se resuelvan lo suficientemente a su favor. Por lo tanto, vehiculizan otro tipo de reclamos, en pos del diálogo, de que no todo sea blanco o negro...
Hoy Carrió es también el enemigo y creo que mi compañera coincidiría conmigo. Simplemente porque es una de las caras (la naranja) del sector minoritario y poderoso del conflicto por la participación en la economía nacional. El kirchenrismo aglutinó tanto actor político conservador en su contra que, aunque pierda las elecciones de junio, volver al 2001 parecería imposible, porque una expresión política que defendió desde 2003 los intereses de las mayorías trabajadoras se supone que encontrará en ellas su sustento defensivo popular.
Como 1945, 1955, 1976 y 1983, "el 2001" pasó a la historia nacional gracias a un suceso extraordinario en la vida de las instituciones -en este caso la renuncia presidencial en mitad del mandato-, pero a su vez se instaló en el discurso como un conjunto de los más diversos significados, gracias a la violencia de la crisis neoliberal.
El comentario de mi amiga que abre este post captura un aspecto de aquél momento, la agresión del poder económico era brutal y caía sobre un sector cada vez mayor de la población, lo que provocaba en todos los que interpelaban la realidad con mirada crítica la primera de las medidas defensivas, identificar al enemigo. Y esto estaba bastante claro para bastante gente, el enemigo era el FMI, eran los bancos, los empresarios transnacionales, las privatizadas y, claro, la dirigencia política. Crucifijo y todo, a aquélla militante marxista todavía no le parecía que la mediática legisladora chaqueña fuera el enemigo, y pienso que tenía razón.
Sin embargo, la izquierda vernácula haría también otras interpretaciones, predictivamente ineficaces. Tras las manifestaciones urbanas y la represión asesina del 19 y 20 de diciembre, creyó adivinar en Argentina un clima prerrevolucionario. Supuso que las asambleas barriales porteñas podían configurar alguna alternativa sistémica, que la clase media compartiría por mucho tiempo la lucha y la metodología con los piqueteros, además de otros sofismas acuñados al calor de las gomas quemadas y de un diciembre con menos splits y más saqueos que los posteriores.
El mismo desconcierto operaba en los medios, arrastrada su base ideológica bajo los pies de millares de manifestantes de los sectores medios que, por primera vez en 25 años, a consecuencia de la confiscación de los depósitos, se volvían contra el poder financiero y los políticos que habían afianzado su preeminencia en desmedro del empleo y la industrialización. Los reclamos de intervención a un Estado quebrado y escuálido estaban a la orden del día, borraban a cacerolazos la biblia liberal que descansaría algunos años en los archivos periodísticos.
Escaseaban entonces los grises que hoy se reclaman al gobierno desde todos los puntos del arco opositor. Lo que en aquellos días (claro que urgentes) se exigía era cualquier cosa menos moderación, el subrepticio acceso a la conciencia de las masas en asamblea era, en realidad, la ideologización necesaria para dividir lo blanco de lo negro.
De eso se tratan los principios ideológicos, de trazar una línea que separe lo tolerable de lo inaceptable, sin falsa moral, pretensiones de honestidad o dogmatismos, pero sin escapar de que la política es conflicto y que en un conflicto es imposible defender los intereses de todas las partes, lo único sincero es elegir una y avisar cuál. Sin grises.
Hoy los medios tienen los mismos intereses que entonces, pero gozan del apoyo de la clase media urbana ideologizada en la negación de los conflictos mientras se resuelvan lo suficientemente a su favor. Por lo tanto, vehiculizan otro tipo de reclamos, en pos del diálogo, de que no todo sea blanco o negro...
Hoy Carrió es también el enemigo y creo que mi compañera coincidiría conmigo. Simplemente porque es una de las caras (la naranja) del sector minoritario y poderoso del conflicto por la participación en la economía nacional. El kirchenrismo aglutinó tanto actor político conservador en su contra que, aunque pierda las elecciones de junio, volver al 2001 parecería imposible, porque una expresión política que defendió desde 2003 los intereses de las mayorías trabajadoras se supone que encontrará en ellas su sustento defensivo popular.
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